El majestuoso Templo Egipcio en Colombia.

Desde lejos llama la atención la torre lotiforme que le da una arquitectura tan diferente a toda la imperante en la ciudad. Allí en lo alto Fernando Estrada había determinado su centro de operaciones visuales, el primer observatorio astronómico de Medellín, con un telescopio para mirar los astros, y, a lo mejor, hacia el valle mismo y por qué no a las otras estrellas que superan a los astros, las vecinas acercadas por la lente.

Luego de viajar por segunda vez a Egipto en 1912, Fernando Estrada compra un lote de 962 varas cuadradas a Carlos E. Rodríguez en 1928 y, después de algunos años, se terminó el Palacio Egipcio. Luego de sus viajes, ya venía con la decisión de que su casa fuera algo exótico. Además, luego de sus estudios de optometría en Alemania y en Estados Unidos, Fernando Estrada Estrada fundaría en Medellín la Óptica Santa Lucia, que aún pervive desde 1917. Su residencia, a la cual le daría un nombre esencial, Inemi, princesa hereditaria de noble familia aún existe casi intacta, con esa inscripción grabada en lo alto de la torre donde Estrada se subía a mirar a las estrellas.

 

Desde afuera, desde la calle, el rojo del granito se desvanece a un rosado mate, más bien grisáceo, debido al paso de los años y a la intemperie que poco a poco de una manera lenta y letal carcome no solo su entrada sino la altivez de esa torre que termina en loto. No en vano, en sus comienzos, este lugar era llamado la Casa de la Torre ya que fulgía a la distancia, entre las otras edificaciones, en este paisaje, como una miniatura que provenía de tierras exóticas. Una de las curiosidades que causa este inmueble, desde el momento de su inauguración, así como después cuando fue relegado se debe a ese asombro que causa la civilización de los egipcios que no solo erigieron pirámides, con todas las interpretaciones que ha tenido, que llegan y seguirán llegando, sino lugares fastuosos en Tebas. Pero no solo en esas macizas pirámides donde se han examinado con toda la tecnología posible, buscando cámaras secretas, el oficio y el destino mismo de las pirámides como alineadas a los astros, sino los sitios aledaños donde se encuentra con frecuencia las afamadas momias con sus rituales de despedida, con su preparación para el viaje al más allá y a ese libro exhaustivo, extraño, profundamente religioso, el Libro de los muertos de los egipcios, aunados a la diáspora desde otras épocas dirigidos por Moisés y, sobre , a ese busto coloreado que proviene desde lejos, de Nefertiti. Incluso una replica, una copia fue llevada muchos años después del Palacio Egipcio al Museo de Zea. Nefertiti que debió ser bella al máximo junto a esa reina díscola, voluptuosa y amada por Marco Antonio, Cleopatra.  Pero Egipto subsiste, sobre todo, por esa diversidad de enigmas que reaparecen con la asunción de los jeroglíficos, al miraros en Karnak y en Luxor. Así como en la paredes y antros funerarios. Eso sí sin dejar de lado nada menos que la Esfinge, monumento que ha sido referenciado por los griegos, y aun, subyuga a Freud y a su séquito, así como por los aficionados a los Ovnis que explican el origen de las pirámides de una manera fácil y frágil sin saber de sus honduras.

En una fotografía se ve a Fernando Estrada acompañado por otro viajero, ambos en camello, mientras un guía toma las riendas del que corresponde a Estrada.  Además, hay otro egipcio, a lo mejor servidumbre del guía, montado en burro que los acompaña. Detrás de ellos se ve la mítica Esfinge y las pirámides. En otra fotografía el mismo Estrada, marca y establece, su afición hacia lo llamado exótico, se ve como un beduino. A lo mejor provenía de un carnaval ya disfrazado no solo para alguna comparsa sino para la fotografía con el atuendo, túnica a rayas, turbante de color oscuro, ni que fuera un tuareg. Sobre su pecho exhibe un estuche con las cachas de dos pistolas, y prosigue con sus manos aferradas a una espada, para expresar su valor, al menos visualmente. Pero al mirarla bien, la foto es de estudio y él se ve tan sereno y tranquilo en esa actitud, que contrasta con lo que aparenta ser, un guerrero. A lo mejor, como estaba cercano el descubrimiento por Howard Carter, patrocinado por Lord Carnarvon, del tesoro de Tutankamón, Estrada se había aficionado a esa civilización, ya que a nivel mundial ofrecía todo tipo de conjeturas. Y además la egiptología se encontraba en esas primeras décadas del siglo XIX en su punto máximo.

Tal vez ahora, desde la acera de enfrente, donde fotografiamos el Palacio Egipcio, se situó en 1932 Nel Rodríguez para mirar la obra acabada, perfecta, a pesar de las intromisiones de Estrada, ya que en la revista Progreso # 44 de mayo 23 del 1929, se observa un diseño diferente con una deidad egipcia en ébano con forma de perro, nada menos que Anubis, que da la bienvenida, y un saliente de cinco columnas con diseños papiriforme con remate cerrado a las que luego se cambiaría sus remates, en el capitel, y ya serían siete, campaniformes, es decir, la flor de papiro abierta. También, a lo mejor, lo ha acompañado Horacio Franco ingeniero y los dos decoradores: Bernardo Vieco encargado de los símbolos, pictogramas y jeroglíficos, y Ramón Elías Betancur que le colaboraba. Fernando Estrada, por haber tenido la idea y el conocimiento de los egipcios, pudo haber intervenido en su construcción, porque los clientes deben de tener la razón aun sea en parte. En la revista Progreso, figuran: Nel Rodríguez como encargado de la perspectiva, arquitecto Fernando Estrada Estrada y como constructor HM Rodríguez. Puede ser que algo soberbio, con la soberbia del millonario, Estrada haya deseado que como había viajado a Egipto, él poseía la visión de esos lugares de faraones y desiertos, y él se haya autoproclamado como el arquitecto y, por esa razón, a partir de fotografías o grabados traídos del exterior, Nel haya dibujado la perspectiva, pero con los años desaparece el arquitecto Estrada y Nel figura como su diseñador.

En la revista Progreso aparece en la carátula, en color rosado, con su nombre original, Ineni, residencia particular, más tarde la denominarían la Casa de la Torre y más adelante, hasta hoy, el Palacio Egipcio. En la revista hay un artículo de HM Rodríguez, “Cuna de la arquitectura, el Arte Egipcio”, dedicado al Dr. Fernando Estrada Estrada. Horacio Marino que había colaborado en otras revistas literarias, da su versión, claro que una versión tomada de los libros, donde dilucida sobre el arte egipcio y da ejemplos de cómo construirlo, a partir de lo encontrado en Tebas y en particular en Karnak, Luxor, Medinet Habón y Edfou. El templo de Armón en Karnak, añade, es el más conservado debido a la disposición de sus columnas, y salas hipóstilas y patios rodeados de columnas. En este texto teórico y escarchado de historia y de arquitectura. Lo que describía Horacio Marino era nada menos que explicar lo que sería la construcción de la casa y, además, basado en el templo de Amón. Aquí, en este texto Horacio Marino da el motivo y la importancia de la solidez de las columnas egipcias como soporte a esas construcciones que necesitaban muchos conocimientos matemáticos.

 

 

Ahora, aun desde la acera de enfrente, se destaca la torre mayor acanalada de cuatro caras con cuatro pilares que remata en lo alto con una despampanante flor de loto cerrada, donde ya no se distingue el observatorio astronómico con su domo de lata oxidado. Ya, antes, en su acera, junto a la reja de hierro a la entrada elaborada con siluetas abierta de flores de papiros, una burda cadena con candado desmiente la elegancia de la casa. Sobrecoge el mal estado del piso como bienvenida, junto a las escalas que empiezan a cariarse, así como la altivez de las siete columnas campaniformes, donde se ha deteriorado y perdido desde su fuste en forma de bulbo, en algunas de ellas, la capa de cemento que cubría con un jeroglífico las bases. Estas siete columnas sostienen un el arquitrabe donde en sus caras exteriores e interiores lucen jeroglíficos. Hay una palmera sembrada en una base. La balaustrada donde alguna vez se sentaron sus dueños a mirar hacia las calles, enseña el deterioro de muchos de sus balaustres, como si nadie se hubiera percatado de ellos o acatáramos el consejo de Ruskin, a los edificios hay que dejarlos envejecer sin intervenirlos.

Al entrar, en el dintel, de cada una de las cuatro puertas de entrada enseñan entre, un bosque de flores de papiros y bulbos de lotos, la figura de un halcón con las alas abiertas y sobre su pecho un sol rojo que simboliza la protección a lugares y templos. Ya en el interior impresionan las columnas con bases de color café y, en sus bordes, inscripciones de jeroglíficos, así como las hojas de diferente gradación del verde y una línea café que dan la apariencia que desde sus bulbos salen las columnas con un fuste fasciculado que luego terminarán en forma papiriforme, sosteniendo en esa suerte de capitel los mismos colores distribuidos, que sostienen ábacos con jeroglíficos y estos a su vez un arquitrabe también con inscripciones egipcias que sostienen el celo azul del techo. De tal manera la distribución de estas columnas interiores da la presencia de vivir, de morar en un bosque exótico, debido a esa profusión de columnas que forman salas hipóstilas y patio, paisaje único en la ciudad, como si después de tanto tiempo aun fuera posible respirar, mirar, caminar, deambular por el mismo paisaje inicial que vieron y disfrutaron sus dueños. Eso sí al mirar arriba del patio vemos lo desusado, unas tejas plásticas, tan vulgares que de inmediato nos sacan de nuestra ensoñación.

Aquí en esa salvedad del tráfago citadino, del paso inexorable, burlesco del tiempo que derrota la creatividad humana, aún es posible decantar que este sitio fue magnifico, a pesar de la bienvenida tan anormal, digo, por el edificio que se deteriora, pero en su interior, aun advertimos su pasado esplendor cuando se reunían de una manera secreta, atendidos por Fernando Estrada sus amigos masónicos, que seguro también observaron los otros jeroglíficos en las paredes, intentando abordar su significación.

En algunos cuartos donde no sé ni de qué manera vivieron catorce hijos del matrimonio Estrada, existen varios dibujos y pinturas que por el tono, a veces erótico, da la impresión de que el doctor Estrada fuera una persona muy libre y, a lo mejor, por ese erotismo tan palpable dio motivo para que el cura de la Metropolitana, mientras su mujer, Soledad de manto, muy sola, asistía a misa y él predicara el Evangelio y hablara mal del Palacio Egipcio no solo por ser masónico su dueño sino por estos dibujos eróticos, como si fuera poco recomendaba a su feligresía que pasara por la acera de enfrente sin mirar hacia esa casa. Para colmo de mi mala interpretación más tarde supe que eran dibujos y pinturas de Camilo Isaza, pintor antioqueño, elaborados en los años 80 cuando existió allí una taberna con salas cubiertas de salacidad para los visitantes; lo cual los sacaba de la arquitectura egipcia para llevarlos al erotismo local atribuido a Cleopatra.

Sigo y completo algunos personajes descritos en la investigación de Mario Arango sobre la masonería: “La logia Iris de Aburrá, fue instalada el 6 de septiembre de 1941 y su personería jurídica fue reconocida por la Gobernación de Antioquia el 15 de noviembre de 1943, tuvo inicialmente las siguientes dignidades: Venerable Maestro Pedro A. Gallego T., Abogado; Primer Vigilante Oscar Sadder, comerciante; Segundo Vigilante Miguel Villa Uribe, periodista y dramaturgo autor de Clínica Mater Escritor y dramaturgo. Autor de los dramas: La honda de David, Clínica master, y Clase media. Y El libro de la Industria Colombiana. Orador, Benedicto Uribe Upegui, abogado, autor de: Reglamentación de la abogacía en Colombia, 1929. Ritmos perdidosLaurel y armiño, poesía. Autor de la letra de las canciones: Alma de una flor y Tálamo de rosasDespués del otoño, novela.; Secretario, Mauricio Daza Ovalle, abogado; Tesorero, Aureliano Restrepo, médico, político y decano de la Universidad de Antioquia; además, hicieron parte de ella: Dionisio Echeverri Ferrer, ingeniero de minas nacido en Quibdó e Intendente del Chocó; Eduardo Uribe Vargas, comerciante; Jorge Morales Isaza, comerciante; Emilio Cárdenas, comerciante de materiales de construcción y minerales; Jorge Restrepo; Roberto Uribe Muñoz ingeniero civil; Rafael Plata Z; Fernando Estrada Estrada, optómetra, grado 33”.

A esta Logia, Iris del Aburrá, a pertenecía el barítono italiano Roberto Ughetti, Jorge Isaza de Cine Colombia, y desde el comienzo Fernando Morales. Y vuelvo a ella por una razón de peso ya que ese día el 24 de junio cuando celebraban el Día de San Juan Bautista, su patrono, fecha esencial de la masonería, se mató Gardel. Roberto Ughetti le relataría al periodista argentino Jorge Sturla en 1971, como las autoridades eclesiásticas no querían darle sepultura, ya que Gardel era masón. De tal manera el párroco de la Metropolitana, Enrique Uribe, proporcionó su casa de La Playa, entre Junín y el Puente Baltazar Ochoa, para la velación. El padre Enrique Uribe había estudiado en Roma y llegaría a ser profesor de latín e historia en la Universidad de Antioquia, escribiría una biografía sobre el general Braulio Henao. El sepelio empezó alrededor de las 10 de la mañana del martes 25 de junio. Antes de salir de la casa, los masones realizaron una vehemente actividad sobre el ataúd de Gardel, lo rodearon formando una cadena humana y procedieron a dar unos golpes sobre la tapa, luego se inició la marcha hacia la iglesia de la Candelaria.

Subí, subimos las escalas hacia el segundo piso de lo que fue una suntuosa mansión, ahora en el ámbito de la pérdida de significado. El segundo piso es una terraza que asemeja un desierto por la probidad, solo hay una construcción que parece un monumento visto en Karnak. Hace unos años operaba aquí un grupo de teatro y de moda que combinaba fiestas y todo tipo de reuniones sociales, pero al subir uno de los teatreros y ver numerosos huesos diseminados en su interior se decidió a contar a alguien, como creía que eran asesinatos rituales en la época de la masonería, y al llegar casi una investigación judicial, el lugar, el palacio fue reclamado por sus dueños. La realidad era otra, Fernando Estrada poseía sus palomares ese recinto oscuro, la única pieza. Y después de muerto su dueño, cuando su familia decidió abandonar y vender el lugar, las palomas siguieron yendo a su palomar, pero ya bajo otras condiciones, el abandono. Nadie se había percatado de que las palomas blancas indican el renacimiento del ser, según el simbolismo de los masones.

 A Estrada Estrada, desde el Palacio Egipcio, le encantaba ostentar a la caída de la tarde, sobre las solariegas calles de Prado la música para que flotara una de sus composiciones preferidas, la ópera Pagliacci de Ruggero Leoncavallo, en la voz de Enrico Caruso. La cual trata de la llegada de una troupe de actores en sus carromatos a un poblado y de la posterior tristeza del payaso, Canio, que ha sido traicionado por su mujer Nedda. La poderosa voz de Caruso no conmovía a los habitantes de Prado. Sus oídos querían una música más suave, no esa voz poderosa que partía las tardes apacibles de Medellín de la cual no entendían la tormenta de esos amores lejanos.

En alguna ocasión llegó a Medellín una comisión de egiptólogos a dar sus conferencias y terminaron visitando el Palacio Egipcio, nombre extravagante en el interior del trópico montañero. Poco entendieron las inscripciones egipcias, por una razón, Fernando Estrada como se creía un faraón en su palacio, en Inemi, también había ideado algunos jeroglíficos que estos expertos no entendieron ni con la ayuda de un manual de Champollion. O sea, el mismo Fernando Estrada se llevó sus secretos no a la tumba de Tutankamón sino a la propia.

Pero hay algo cierto, el polvo del tiempo pasa y arrastra todo, memorias, vidas, libros, búsquedas, utopías y aquí al frente del Palacio Egipcio que aún continúa siendo un enigma, uno de los enigmas escondidos de la ciudad y que todos ven desde lejos o lo han oído mencionar como una de las casas que más ha sido fotografiada, sigue ahí en nuestra exaltación camino al aniquilamiento, ya que a pesar de ser patrimonio nacional no ha podido ocurrir una manera de que se le recobre. Carpinterías, salones de moda, restaurantes árabes, lugar para conciertos de rock, sala para teatro y otras más, pero nada que el palacio recobra su unidad y su presencia. Y, sobre todo, su esplendor.

No sobra decir que el Palacio Egipcio figura como patrimonio de la ciudad, situado en la Carrera 47 59-54, con Resolución 123 de 1991, de la Dirección de Planeación.

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