La Serenísima República de Venecia

La historia habla de la gloria e influencia de la Serenísima República de Venecia y, desde el punto de vista histórico es sumamente ameno conocer cómo una sociedad conformada por individuos de diverso origen, cultura e intereses, logró alinearse en objetivos que le llevaban a la sobrevivencia y éxito.

 

Conozcamos entonces la historia de Venecia.

La Serenísima República de Venecia fue una ciudad-estado en el norte de Italia, junto al mar Adriático, radicada en torno a la ciudad de Venecia. Existió como tal desde el siglo IX hasta 1797. También recibe el nombre de Serenissima Repubblica di San Marco, pues San Marcos es su santo patrono.

 

 

La Serenissima se constituyó como Estado progresivamente durante la Edad Media y se convirtió en una de las principales potencias económicas, ocupando un lugar preponderante en los intercambios comerciales entre el Mediterráneo occidental y oriental. Además, con sus instituciones oligárquicas notablemente estables durante casi un milenio, representó un papel político esencial.

A partir del siglo XVI experimentó una fase de declive político y territorial, eclipsado por un extraordinario desarrollo artístico, hasta que desapareció en 1797, vencida por Napoleón Bonaparte, pasando posteriormente a ser dominada por el Imperio Austríaco.

 

La ciudad de Venecia obtuvo su independencia total en el siglo IX. Cabe destacar que ya desde mediados del siglo VIII la ciudad ni obedecía al emperador bizantino en la práctica, ni formaba parte del Sacro Imperio, sino que establecía relaciones comerciales con ellos como un estado soberano; en el año 803 ambos imperios reconocieron la independencia de facto de Venecia, llegando ésta a rechazar en el 811 un intento de invasión lombarda, y enviando en 841 una flota de apoyo al emperador bizantino en su lucha contra el Califato Abásida. La ubicación de Venecia en medio de una laguna natural hacía riesgoso el intento de conquistarla, en tanto el arte naval europeo en la Baja Edad Media estaba muy poco desarrollado; precisamente, fueron los venecianos quienes colaboraron con el desarrollo de la construcción náutica por razones primordiales de necesidad: con un territorio continental muy pequeño, su fuente de subsistencia fue el comercio en el Adriático, por lo cual el estímulo a la navegación marítima se había transformado en una necesidad y, a la vez, en fuente de poder.

En la Alta Edad Media, Venecia prosperó como nunca antes gracias al control del comercio con Oriente y a los beneficios que esto suponía, expandiéndose por el mar Adriático, aproximadamente desde 991 con el reinado de Piero II Orseolo, bajo cuyo régimen empezó la expansión veneciana por las costas de Dalmacia. El hecho que muy pocos estados de la época poseyeran los conocimientos navales de los venecianos favoreció a éstos en el desarrollo de una flota comercial y militar muy extensa para su época, que les sirvió para instalar puestos comerciales en cada rincón del Mediterráneo oriental. En realidad, como la expansión político-militar del Imperio Bizantino se concentraba en las rutas de tierra firme, la corte de Constantinopla dejaba las islas mediterráneas a la ambición mercantil de los venecianos, que las aprovechaban como avanzadas comerciales. La expansión veneciana fue exitosa al punto que a mediados del siglo XI una bula papal reconoció la soberanía de Venecia sobre toda la costa oriental del Adriático.

 

La ubicación de Venecia en el medio del Mar Mediterráneo le permitía un activo rol mercantil entre Bizancio y el resto de Europa, además su ubicación en el extremo norte del Adriático la defendía de ataques marítimos debido a su dominio militar sobre Dalmacia; tales circunstancias aumentaron el poderío veneciano en una época cuando las flotas comerciales en el Mediterráneo eran raras.

 

 

Otro factor clave fue la tolerancia religiosa y social de los venecianos hacia judíos y musulmanes, de hecho, esta tolerancia de los venecianos en materia religiosa les permitió comerciar libremente con los estados islámicos del Norte de África, sirviendo de valiosos intermediarios entre éstos y Europa. Paralelamente, se permitía libremente el asentamiento de comerciantes judíos en la ciudad, permitiendo a éstos ejercer el comercio e industria libremente, además de beneficiarse de las redes de contactos que las comunidades judías de Europa luchaban por preservar.

Después del año 1100, Venecia era ya una gran potencia mediterránea, al punto que podía ofrecer sus servicios como flota naval al propio Imperio bizantino y ganar gracias a ello privilegios comerciales excepcionales en Constantinopla, el mayor centro comercial de Europa en esos años. El rol intermediario de los venecianos les permitió ejercer un control casi total sobre los intercambios comerciales europeos con el Oriente Medio, mientras que los reinos musulmanes del Mediterráneo recurrían también a Venecia como intercesor comercial con el resto de Europa. La República veneciana, más interesada en el comercio que en la expansión religiosa o militar, aparecía como el intermediario mercantil ideal para los reinos mediterráneos de cualquier religión a partir del siglo XII.

La flota veneciana, por su poderío y gran tamaño, fue determinante para el saqueo de Constantinopla en la Cuarta Cruzada en 1204, acelerando con este hecho la decadencia del Imperio bizantino. Como consecuencia de la debilidad bizantina, Venecia logró anexionarse Creta y Eubea a inicios del siglo XIII, expandiendo aún más su poder y riqueza, llegando las flotas comerciales venecianas a instalar puestos comerciales inclusive hasta el Mar Negro, en la actual costa de Crimea; esta expansión hacia territorios de la Rus de Kiev le permitió a los comerciantes venecianos alcanzar los puntos más occidentales del comercio asiático, ganando acceso a los productos traficados por la Ruta de la Seda desde China. Tal ventaja comercial, inexistente para otros estados europeos, fue explotada excelentemente por los venecianos.

En 1380 Venecia derrotó en combate a la reciente competencia comercial de Génova, ciudad que limitó entonces su expansión al Mediterráneo occidental, aunque se mantuvo como competidor comercial por varios siglos más. Más tarde, en 1489, Venecia conquistó el estado cruzado de Chipre y en 1416 derrotó a los turcos en Galípoli asegurando por un siglo su dominio marítimo pese a la expansión terrestre del Imperio otomano.

 

El apogeo de Venecia alcanzó su cénit en la primera mitad del siglo XV, cuando los venecianos comenzaron su expansión por Italia, como respuesta al amenazador avance de Gian Galeazzo Visconti, (duque de Milán). En 1410, Venecia controlaba la mayor parte del Véneto, incluyendo ciudades como Verona, Padua y Udine y más tarde Brescia y Bérgamo (llamadas colectivamente el Stato di Terraferma), controlando una flota de casi 3.300 navíos. El mar Adriático se convirtió en el “mare veneziano“, desde Corfú hasta el río Po, mientras las posesiones del Stato di Mare alcanzaban Chipre, Creta, Eubea, varias islas del Mar Egeo y numerosos enclaves en los Balcanes, mientras las flotas venecianas mantenían activo comercio con todo el Mediterráneo, extendiendo su red de contactos mercantiles por toda Europa y Medio Oriente desde Inglaterra hasta Egipto, siendo que la misma ciudad de Venecia superaba los 100.000 habitantes, cifra elevadísima para la época.

La toma de Constantinopla por los turcos en 1453 marcó el principio de la decadencia veneciana. La expansión naval de Portugal por la costa atlántica africana y el descubrimiento de América por España desplazaron la atención de las grandes corrientes comerciales del Mediterráneo al Océano Atlántico de modo que el tráfico comercial veneciano empezó a perder importancia en Europa de modo lento pero inevitable. Además, Venecia se vio obligada a sostener una lucha agotadora contra el joven Imperio Otomano transformado ya en potencia mundial. Aunque en un inicio los mercaderes venecianos mantuvieron ante el Imperio Otomano los privilegios otorgados por los bizantinos, la guerra se hizo inevitable debido a la expansión terrestre otomana desde 1470, que amenazaba los enclaves comerciales de Venecia.

La expansión en Italia les enfrentó con el Papa por el control de la Romaña. Para contrarrestar a la República de Venecia, el papa Julio II reunió a la Liga de Cambrai en 1508. En ella se encontraban Luis XII de Francia, el emperador Maximiliano I de Austria, y Fernando II el Católico y la lucha culminó en la aplastante derrota veneciana en mayo de 1509 en la batalla de Agnadello, que detuvo para siempre todo intento veneciano de expansión en la península itálica. Tras la derrota la República mantuvo su independencia mediante cesiones territoriales a España y Milán, y porque su destrucción implicaría eliminar un potencial aliado contra el Imperio otomano. Pese a estos reveses graves, aún a fines del siglo XV Venecia contaba con 180,000 habitantes y era la segunda ciudad más poblada de Europa, sólo superada por París; tenía cerca de 2,1 millones de súbditos repartidos en sus posesiones, y era una de las urbes más ricas del mundo.

 

El auge, apogeo y decadencia de la Serenísima no deja de tener una profunda simbología que, como masones no podemos evadir. La sociedad Veneciana comenzó como una piedra bruta que identificó su potencial y se dedicó a aprovechar sus capacidades. No fue corto el tiempo ni pequeño el esfuerzo, pero esa sociedad logró por más de 1.000 años, influir en su entorno con ciencia, arte, belleza, sin dejar de lado la fuerza, el emprendimiento y la búsqueda de riqueza.

 

No todo es eterno y menos el hombre y su creación, es así como la Serenissima entra en un proceso entrópico que le aportó debilidades y desventajas que la llevó a la perdida de influencia y su grandeza quedó en la historia.

 

Un masón debe ser consciente de que tenemos grandes oportunidades que explotar y aprovechar pero que somos vulnerables a nosotros mismos y solo la conciencia de esto, hará que nuestra grandeza como “Hombres Libres” se prolongue lo más posible, mientras buscamos incansables la respuesta a las preguntas ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? y ¿Adónde vamos?

 

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