Tartufo en la Masonería.

“Todo masón debe evitar vivir con la moral de Tartufo”

 La historia de la humanidad se ha caracterizado por la explotación del hombre por el hombre. Guerras, torturas, genocidios, y una interminable lista de hechos miserables realizados por el homo sapiens, lo cual deja al descubierto que la capacidad racional no hace la inteligencia.

La vida humana es en sí misma ensayo y error, no obstante, existen errores y horrores, y esa es la notable diferencia entre el actuar del profano y el actuar del masón.

En este mundo de horrores – más que de errores – producto de la ignorancia en la cual se busca mantener  al ser humano con fines e intereses muy siniestros, existe el iniciado en la luz masónica, el cual trabaja en el conocimiento de sí mismo buscando “despertar” para llegar a ver la realidad del mundo más allá de los fenómenos que impresionan a los sentidos y  entregan una falsa imagen de la realidad como se ilustra notablemente en el mito de la Caverna de Platón: “las sombras son la realidad de los prisioneros pero no son representaciones precisas del mundo real”.

Despertar es llegar a comprender que, como señala Thomas Hobbes, el “ser humano es malo por naturaleza”, pues “el hombre es un lobo para el hombre”, y la naturaleza humana se caracteriza por un egoísmo cruel y universal por el poder en cualquier de sus manifestaciones: fama, riqueza, conocimiento, amor, prestigio, etc., que no son más que expresiones del poder que el hombre anhela.

 

El poder es amoral, es el ser humano quién lo hace inmoral.

Es en esta inmoralidad por la lucha del poder  – que ha causado tanto daño a través de la historia de la humanidad –   que el masón debe evitar caer prisionero en el estado de sueño al cual lleva la moral de Tartufo, pues un masón puede estar activo en logia y encontrarse  a su vez mucho más dormido que un hermano que ha pasado a estar en sueño, toda vez que el “estado de vigilia”  dependerá del nivel de consciencia alcanzado.

 

No deben existir Tartufos en la masonería, por el bien de la Orden y de la Humanidad.

El dramaturgo y poeta Francés Jean-Baptiste Poquelin, más conocido como Moliére, concluyó en 1664 su obra Tartufo – Tartuffe –  en la cual denunciaba la hipocresía religiosa, vigente hasta el día hoy, y agravada por una cofradía de pedófilos y pederastas protegidos por la Santa Sede.

 

Tartuffe es el nombre dado a la trufa, un hongo escondido bajo la tierra.

Ahora bien, el masón que vive como un Tartuffe – ese hongo que no es ni animal ni vegetal -, vive sin ser un profano y  vive sin ser un masón, es decir, se convierte en un ser miserable sin un mundo al cual pertenecer, un ser sin luz y sin oscuridad.

El masón Tartuffe es aquél que en las entrañas de la tierra degenera el V.I.T.R.I.O.L., pues  ignora el valor y el sentido de rectificar la Piedra Bruta.

Entonces, simbólicamente, Tartufo o el impostor – Le Tartuffe ou l’Imposteur –, es el falso masón, aquel impostor que ha buscado iniciarse en la augusta orden masónica y asiste regularmente a la logia motivado por alguna, o quizás por todas, de estas tres razones:

  • por gusto al tenedor y cuchillo: asiste a logia solo por su deseo de comer, beber y conversar.
  • por arribismo: asiste a logia buscando contactos y status para acceder a una clase superior.
  • por instinto mercenario: asiste a logia buscando obtener beneficios económicos y materiales.

El masón que hace de su iniciación y de su vida masónica un Tartuffe, no vive en un error sino en un horror, el horror de  no haber entendido nada acerca del verdadero sentido de la iniciación masónica.

No es menester alcanzar el grado de maestro masón o el grado 33° del Rito Escoses Antiguo y Aceptado para llegar a ser un ser humano despierto, el despertar es un nivel de consciencia y no el ostentar un cierto nivel o grado en la carrera masónica, pues es del todo cierto que existen profanos despiertos – profanos con mandil – y masones regulares en tinieblas – masones tartufos -.

Todo masón debe conocer y reconocer su historia y sus errores para que así estos no lleguen a convertirse en horrores. Asumir sus errores a la luz de la verdad porque, aunque fría como una daga, es mejor vivir en la verdad o en la búsqueda de ella, que vivir en la ignorancia.

La verdad nos enseña que como toda obra humana la masonería es imperfecta, comete errores y en ocasiones horrores inspirados por Tartufo, los cuales se deben conocer para aprender de ellos. He aquí uno de ellos:

La masonería Chilena, particularmente la Gran Logia de Chile, tuvo por Gran Maestro de la Gran Logia de Chile durante los años 1998-2002 / 2002-2006, al profesor Jorge Carvajal Muñoz, quién desarrollo una vida masónica de 47 años, alcanzo el grado 33° y último del R:.E:.A:.A:..  Años de vida masónica y el haber alcanzo los más altos grados en la Orden, no fueron suficientes para rectificar la piedra bruta, llevándolo a cometer horrores, por ansias de poder – que le valieron el ser expulsado de la masonería el año 2008. No es un hecho para alegrarse sino para lamentar. De los errores se aprende, de los horrores se sufre.

El aprender de los errores y el sufrir por los horrores, debe servir para alejar de las logias todo indicio de Tartuffe, pues en ello está el prestigio, el futuro y el destino de la masonería.

El Q:.H:. José Ingenieros, el su obra el Hombre Mediocre, en el Capítulo III. Punto I, nos habla de “La Moral de Tartufo”, palabras que todo buen masón debería grabar en su plancha de trabajo interno para ser luz en su logia y  un ejemplo digno de imitar en la sociedad profana, sin que por ello deba dar a conocer al mundo profano su condición de masón.

He aquí las palabras del Q:.H:. José Ingenieros:

“La hipocresía es el arte de amordazar la dignidad; ella hace enmudecer los escrúpulos en los hombres incapaces de resistir la tentación del mal. Es falta de virtud para renunciar a éste y de coraje para asumir su responsabilidad. Es el guano que fecundiza los temperamentos vulgares, permitiéndoles prosperar en la mentira: como esos árboles cuyo ramaje es más frondoso cuando crecen a inmediaciones de las ciénagas.

 Hiela, donde ella pasa, todo noble germen de ideal: zarzagán del entusiasmo. Los hombres rebajados por la hipocresía viven sin ensueño, ocultando sus intenciones, enmascarando sus sentimientos, dando saltos como el eslizón; tienen la certidumbre íntima, aunque inconfesa, de que sus actos son indignos, vergonzosos, nocivos, arrufianados, irredimibles. Por eso es insolvente su moral: implica siempre una simulación.

 Ninguna fe impulsa a los hipócritas; no sospechan el valor de las creencias rectilíneas. Esquivan la responsabilidad de sus acciones, son audaces en la traición y tímidos en la lealtad. Conspiran y agreden en la sombra, escamotean vocablos ambiguos, alaban con reticencias ponzoñosas y difaman con afelpada suavidad. Nunca lucen un galardón inconfundible: cierran todas las rendijas de su espíritu por donde podría asomar desnuda su personalidad, sin el ropaje social de la mentira.

 En su anhelo simulan las aptitudes y cualidades que consideran ventajosas para acrecentar la sombra que proyectan en su escenario. Así como los ingenios exiguos mimetizan el talento intelectual, embalumándose de refinados artilugios y defensas, los sujetos de moralidad indecisa parodian el talento moral, oro pelando de virtud su honestidad insípida. Ignoran el veredicto del propio tribunal interior; persiguen el salvoconducto otorgado por los cómplices de sus prejuicios convencionales.

 El hipócrita suele aventajarse de su virtud fingida, mucho más que el: verdadero virtuoso. Pululan hombres respetados en fuerza de no descubrírseles bajo el disfraz; bastaría penetrar en la intimidad de sus sentimientos, un solo minuto, para advertir su doblez y trocar en desprecio la estimación”.

La mente preclara del Q:.H:. José Ingenieros nos enseña como conocer y reconocer a un Tartuffe, pues la principal debilidad del Tartuffe son sus ansias de poder.

Masón y poder son temas insoslayables, como insoslayable es el poder como aspecto ineludible de la comunicación, entonces, el masón debe usar el poder, y particularmente el poder del conocimiento, para construir una sociedad más justa y fraterna, para educar y enseñar a pensar al que vive condicionado por la  ignorancia. Debe ser luz en un mundo de ignorancia, dolor e hipocresías.

El masón que usa su conocimiento, el poder del conocimiento sobre el mundo y su realidad, para instrumentalizar y servirse de otro ser humano, se convierte en un Tartuffe, un ser indecente e inescrupuloso, digno merecedor de ser llamado hipócrita con mandil.

 

En definitiva, ¿qué es ser masón?: “Ser masón es no ser Tartuffe”.

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